Ocho primos
Ocho primos Mac agachó la cabeza y el remordimiento empezó a roerle las entrañas de nuevo, al tiempo que suspiraba y decía preocupado:
—¿No podría verla?
—¡Tan luego a esta hora de la noche, cuando todos queremos acostarnos!
Mac abrió la boca para decir algo, pero en ese momento no pudo reprimir un estornudo y el ruido, aumentado por el silencio, atronó la casa entera.
—¿Por que no ahogó el estornudo? —dijo Febe como en un reproche—. Estoy segura que la ha despertado.
—No pude evitarlo. ¿Qué voy a hacer? —refunfuñó Mac, volviéndose para marcharse antes de que su presencia enredase las cosas más aún.
Pero desde las escaleras una voz lo llamó muy quedo:
—Ven, Mac; Rosa quiere verte.
Mac se acercó y encontró a su tío esperándolo.
—¿Qué te trae aquí a esta hora, Mac? –preguntóle el hombre en un susurro.
—Charlie dice que tengo la culpa de todo, y que si muere es que yo la he matado. No he podido dormir, y por eso he venido a ver cómo estaba, sin que lo supiera nadie más que Esteban —y la cara atribulada del chico y su voz desfalleciente desarmaron al doctor, que no se atrevió a reprocharle nada.