Ocho primos

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Antes de que pudiesen hablar de nuevo, se oyó una voz que decía muy quedo «¡Mac!» y el doctor agregó presuroso:

—Quédate apenas un minuto, para complacerla tan sólo; y luego te marchas, porque quiero que duerma tranquila.

Una cara palidísima y muy infantil, recortada en la almohada, sonrió con esfuerzo saludando a Mac. El dolor había consumido las energías de Rosa, pero con todo no hubiera descansado bien sin antes decir unas palabras de consuelo a su primo.

—Te conocí por el estornudo, y adiviné que habías venido a ver que tal seguía, aunque en realidad es muy tarde. No te preocupes. Estoy mejor, y la culpa es mía solamente, no tuya; pues no debí cometer la tontería de esperar con ese frío, sólo porque prometí esperarte.

Mac se apresuró a orfecerle sus explicaciones, acusándose despiadadamente e implorándole que no se muriese por su culpa, pues el sermón de Charlie le había causado una impresión terrible.

—En ningún momento he creído estar en peligro de muerte —le dijo Rosa, mirándolo con toda la solemne expresión de sus ojos grandes.


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