Ocho primos

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—Así lo espero; pero a veces la gente se muere de repente, ¿sabes? y yo no hubiera podido descansar sin pedirte perdón antes —dijo Mac desfalleciente, convencidísimo de que Rosa volvía a tener la misma cara de ángel de siempre con aquel cabello dorado suelto en la almohada y la huella inefable del sufrimiento en su carita blanca.

La niña lo contempló tiernamente y al advertir cuán patética y tonta era su aflicción, añadió muy por lo bajo, alargando la cabeza:

—No te hubiera besado bajo el muérdago, pero lo haré ahora, pues deseo que tengas la certeza absoluta de que te perdono y veas que te quiero exactamente igual que antes.

Esto sí que causó gran turbación al pobre Mac; el chico apenas acertó a murmurar palabras de agradecimiento y salió disparado del cuarto, con toda la velocidad de que sus piernas eran capaces. A tientas fue buscando el camino hasta su cama, en un dormitorio situado al otro extremo del salón, y allí cayó dormido y rendido por todo el esfuerzo puesto en juego para no hacer de criatura.



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