Ocho primos

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CAPÍTULO 22

ALGO QUE HACER

FUERA cual fuese el peligro que pudiese ofrecer aquel enfriamiento repentino, lo cierto es que pasó pronto, aunque, por supuesto, la tía Myra se negó a admitirlo y el doctor Alec cuidó a la niña con renovada ternura y esmero durante varios meses. Rosa disfrutó en cierto modo de su enfermedad, pues apenas concluyó el dolor empezó la buena vida, y durante una o dos semanas fue una especie de princesa encerrada en «la Glorieta», donde todos la servían, procuraban divertirla y la vigilaban con amoroso empeño. Pero la presencia del doctor fue requerida junto al lecho de un viejo amigo suyo qué se hallaba muy grave, y Rosa se sintió igual que un pajarito al que falta de pronto el ala protectora de la madre; especialmente una tarde en que las tías estaban durmiendo la siesta y la casa era todo silencio por dentro, mientras la nieve caía implacable por fuera.

—Voy a buscar a Febe, que siempre es buena y trabajadora, y le gusta tener alguien que la ayude. Si Debby no anda por allí, podremos hacer caramelos y darles una sorpresa a los chicos cuando vuelvan —se dijo Rosa, y sin más ni más tiró a un lado el libro y se dispuso a entrar en la vida social de nuevo.


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