Ocho primos
Ocho primos ALGO QUE HACER
FUERA cual fuese el peligro que pudiese ofrecer aquel enfriamiento repentino, lo cierto es que pasó pronto, aunque, por supuesto, la tía Myra se negó a admitirlo y el doctor Alec cuidó a la niña con renovada ternura y esmero durante varios meses. Rosa disfrutó en cierto modo de su enfermedad, pues apenas concluyó el dolor empezó la buena vida, y durante una o dos semanas fue una especie de princesa encerrada en «la Glorieta», donde todos la servían, procuraban divertirla y la vigilaban con amoroso empeño. Pero la presencia del doctor fue requerida junto al lecho de un viejo amigo suyo qué se hallaba muy grave, y Rosa se sintió igual que un pajarito al que falta de pronto el ala protectora de la madre; especialmente una tarde en que las tías estaban durmiendo la siesta y la casa era todo silencio por dentro, mientras la nieve caía implacable por fuera.
—Voy a buscar a Febe, que siempre es buena y trabajadora, y le gusta tener alguien que la ayude. Si Debby no anda por allí, podremos hacer caramelos y darles una sorpresa a los chicos cuando vuelvan —se dijo Rosa, y sin más ni más tiró a un lado el libro y se dispuso a entrar en la vida social de nuevo.
