Ocho primos

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Tomo la precaución de atisbar por una rendija de la ventana antes de penetrar en la cocina, pues Debby no permitía intromisiones cuando ella andaba trasteando. Pero no había moros en la costa, y la única que se presentó a su vista fue Febe, sentada al lado de la mesa, con la cabeza entre los brazos y al parecer dormida.

Rosa estuvo por despertarla con un grito, mas en aquel instante la chica levantó la cabeza, se secó los ojos humedecidos con el delantal azul, y se puso a laborar resueltamente y sin duda interesadísima en su tarea. Rosa no pudo ver bien qué estaba haciendo y su curiosidad fue muy grande. Febe, por lo visto, escribía con una pluma que rasgaba mucho el papel madera, y se diría que estaba copiando algo de un pequeño libro.

—Tengo que averiguar que hace, por que ha llorado y por que apretó los labios y se aplicó a su tarea con toda esa energía —se dijo Rosa, olvidada por completo de las golosinas; y entonces dio toda la vuelta, hasta la puerta, y entró diciendo afablemente:

—Febe, necesito que hacer. ¿Por que no dejas que te ayude? Es decir, siempre que no te estorbe.

—¡Oh, no, de ninguna manera! Me encanta que estés aquí cuando la cocina está limpia. ¿Qué deseas hacer? —contestó Febe, al tiempo en que abría un cajón, con la visible intención de esconder sus cosas; pero Rosa la detuvo, exclamando con un tono de niña curiosa:


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