Ocho primos
Ocho primos Por supuesto, los chicos descubrieron lo que pasaba y se burlaron del «Seminario» de las chicas, como ellos dieron en llamar a la nueva actividad; pero no dejó de parecerles cosa buena y llegaron a ofrecerse gentilmente para dar lecciones gratuitas de griego y de latín, llegando entre ellos a la conclusión de que «Rosa, que se preocupaba tanto del mejoramiento espiritual de la pobre Febe, era un alma de Dios».
Rosa abrigaba ciertas dudas acerca de la forma en que tomaría su tío esta novedad, e ideó un discurso destinado a engatusarlo y convencerlo de que era lo más sano, útil y entretenido que se le había ocurrido jamás. Pero no tuvo ocasión de pronunciarlo, pues el doctor Alec se le presentó tan inesperadamente, que lo olvidó por completo. Estaba sentado en el piso de la biblioteca, revisando un libraco enorme que tenía abierto en el regazo y no advirtió la presencia del buen hombre hasta que dos manos grandes y afectuosas se juntaron por debajo de su barbilla, en forma tal que no costaba trabajo besarla en cualquiera de sus dos cachetes, mientras una voz paternal decía más o menos socarronamente:
—¿Qué diantres puede andar buscando mi niña en esa abultada enciclopedia, en vez de ir a reunirse con el señor anciano, que no puede pasar ni un minuto más sin su compañía?