Ocho primos
Ocho primos —¡Oh, tÃo! ¡Estoy tan contenta…. y tan triste! ¿Por que no nos avisó a qué hora vendrÃa, o dio un grito al llegar? Lo he extrañado muchÃsimo y me alegra infinitamente tenerlo de vuelta, a tal punto, que serÃa capaz de estrujarle ahora mismo la cabeza, de tanto abrazarlo —dijo Rosa y la enciclopedia cayó con violencia alga suelo. La niña se levantó y el salto fue tal que en el acto mismo estuvo en brazos del doctor Alec, donde fue recibida con un abrazo muy tierno.
Poco después estaba sentado en un sillón, y en las rodillas tenÃa a su sobrina, que lo miraba sonriente y charlaba con toda la rapidez de que era capaz su lengua infantil. El hombre la observaba con expresión de alegrÃa inefable, le acariciaba las mejillas suavemente o le tomaba las manos entre las suyas, deleitándose al notar que rosadas eran unas y qué regordetas y fuertes; las otras.
—¿Lo pasó bien? ¿Logró salvar a la anciana? ¿Está contento de verse de vuelta en casa, donde tiene quien lo haga sufrir?
—SÃ, sà y sÃ. A todo sÃ. Pero ahora, pequeña pecadora, dime que has estado haciendo. La tÃa Abundancia dice que quieres consultarme acerca de un nuevo y extraordinario proyecto que has tenido la osadÃa de poner en práctica durante mi ausencia.
—No se lo habrá contado ella, ¿verdad?