Ocho primos

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—Ni una sola palabra, salvo decirme que te preocupaba cómo lo tomaría yo, y que por tanto querías envolverme y ganarme de mano, como siempre intentas, bien que no siempre lo logras. Muy bien, abre el pico y atente a las consecuencias.

En su hermoso y grave estilo, Rosa le contó lo relacionado con las lecciones, haciendo hincapié en las ansias que Febe denotaba por instruirse y el deleite que había sido ayudarla; y luego agregó:

—Y a mí también me resulta útil, tío, porque corre tanto y tiene tantos deseos de aprender que me veo forzada a mantenerme alerta para no verme en apuros muchas veces. Hoy, por ejemplo, tropezamos en una lección con la palabra «algodón», del cual ella no sabía nada, y me avergoncé al constatar que yo podía decir únicamente que era una planta que crecía en una especie de vaina, y que por eso estaba leyendo cuando usted llegó, así mañana se lo podré explicar con todo detalle, y le hablaré del añil también. Como ve, yo aprendo a mi vez y viene a ser una revisión general de cosas que ya sabía, en forma mucho más agradable que si lo hiciese sola.

—¡Qué mañosa eres! Es así como esperas con vencerme, ¿verdad? Supongo que eso no es estudio, ¿verdad?


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