Ocho primos

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—No, señor, es enseñanza y debo agregar que me resulta más interesante que los juegos. Además, usted sabe que adopté a Febe y prometí ser para ella como una hermana. Tengo que cumplir mi palabra, ¿no le parece? —preguntó Rosa, aguardando su respuesta con ansia y decisión.

Era evidente que el doctor Alec estaba ganado a su causa, pues Rosa describió la pizarra rústica y el cuaderno de retazos de papel con mucho sentimiento, y el buen hombre no sólo había decidido mandar a Febe a la escuela sino que llegó a reprocharse el descuido en que había incurrido respecto de una chica por su excesivo amor hacia la otra. Así pues, cuando Rosa intentó poner gesto humilde, sin lograrlo, el doctor echó a reír y le pellizcó una mejilla, contestándole con esa afabilidad que tan gratos hace los favores:

—No tengo nada en absoluto que decir en contra. Más aún, estoy empezando a pensar que debería permitirte volver a tus libros, moderadamente, por supuesto, va que estás tan restablecida; y ésta es una forma excelente de poner a prueba tus facultades. Febe es una chica simpática y buena y si de nosotros depende, te aseguro que tendrá la preparación que pueda necesitar en su vida, de tal modo que si alguna vez encuentra a sus padres o familiares, no tengan nada de que avergonzarse por su culpa.


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