Ocho primos
Ocho primos —Creo que algo ha encontrado ya —empezó a decir Rosa con mucha vehemencia.
—¡Eh! ¿Qué dices? ¿Ha aparecido alguien durante mi ausencia? —inquirió el doctor rápidamente, recordando que en la familia existÃa la esperanza secreta de que un dÃa u otro Febe resultarÃa ser «alguien».
—No, tÃo, quise decir que su mejor protector ha venido en el momento en que usted llegó —contestó Rosa palmeándolo cariñosamente, y agregó—: No sé cómo darle las gracias por ser tan bueno con esta chica, pero ella encontrará la manera de demostrar su agradecimiento, pues estoy segura que será una mujer de quien todos podamos sentirnos orgullosos, ya que es tan fuerte, sincera y cariñosa.
—Te agradezco mucho, pero me avergüenza confesar que aun no he empezado a hacer nada por ella. Lo haré ahora, y apenas haya aprendido algo, podrá ir al colegio todo el tiempo que quiera. ¿Que te parece?
—Será estupendo, tÃo, pues nada desea tanto como «tener mucha escuela» y saltará de alegrÃa en cuanto se lo diga. ¿Puedo hacerlo? No puedo resistir la tentación de verla abrir los ojos y batir palmas al enterarse de tan grata nueva.