Ocho primos
Ocho primos —No voy a permitir que nadie se entrometa en este asunto; lo harás todo tú, pero te pido únicamente que no corras demasiado, pues el tiempo y la paciencia son elementos indispensables para que las cosas salgan bien.
—SÃ, tÃo, pero de todos modos estoy segura que habrá fiesta y regocijo en el espÃritu de Febe —dijo Rosa riendo, al tiempo que daba vueltas por el cuarto, saltando alegremente y acariciando en su pecho las dulces emociones que reflejaba el brillo de sus ojos. De pronto se detuvo y preguntó muy seria:
—Si Febe va a la escuela, ¿quién hará su trabajo? Si me lo permiten, puedo hacerlo yo.
—Ven aquà y te confesaré un secreto. Los huesos de Debby están empezando a darle mucho trabajo y la pobre mujer se ha puesto tan gruñona, que las tÃas han decidido acordarle una pensión, para que vaya a vivir con su hija, que está muy bien casada. La vi esta semana y le gustarÃa tener a la madre consigo, de modo que en la primavera habrán muchos cambios en esta casa y tendremos nueva cocinera y nueva criada, si es que encontramos personas que estén a tono con los requerimientos de nuestras augustas parientes.
—¡Oh! ¿Y cómo podré vivir sin Febe? ¿No podrÃamos hacerla quedar, aunque más no sea para que la vea yo? Prefiero pagarle la pensión antes que dejarla ir porque estoy muy encariñada con ella.