Ocho primos

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Esta proposición hizo reír al doctor Alec, quien contribuyó a la satisfacción de Rosa contándole que Febe seguiría siendo su doncella, sin más tareas que las que pudiese realizar fácilmente entre sus horas de clase.

—Es orgullosa, pese a toda su humildad, y aun viniendo de nosotros, no aceptaría un favor que no se ganase por sus medios. Este plan contempla todos los requerimientos, y de ese modo pagará su estudio con sólo que te peine doce veces al día, si tú se lo permites.

—¡Qué grandes y bien pensadas son todas sus ideas! Por eso dan resultados tan excelentes, sin duda alguna, y por eso todos le dejan hacer lo que quiere. No entiendo cómo se arreglan otras chicas sin tener un tío Alec —exclamó Rosa, emitiendo un suspirito de compasión por todas esas otras niñas que no disponían de un bien tan grande.

Cuando Febe conoció la inesperada nueva, no se puso a dar vueltas en el suelo, como profetizó Charlie, sino que lo tomó con serenidad, pues todo aquello era tan venturoso que no encontró palabras bastante grandes y hermosas con que demostrar su gratitud, según dijo ella misma. Pero de allí en adelante decidió que dedicaría las horas todas de su vida a reconocer ese bien tan inmenso y ser útil a quienes así se ocupaban de ella.


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