Ocho primos
Ocho primos —Sà —fue la decidida respuesta de Rosa, pues comprendió que su proceder estaba justificado y determinó no cejar hasta que le arrancase el secreto—. No deseo que vayas contando las cosas a todo el mundo, claro está; pero a mà puedes decÃrmelo y debes hacerlo, porque tengo derecho a enterarme. A ustedes les hace falta que alguien los cuide, y yo tengo que hacerlo, pues las chicas servimos para restablecer la paz y sabemos manejar gente. Esto mismo lo dijo el tÃo, y ya sabes que nunca se equivoca.
Esteban estaba por replicarle con burlas a eso de que ella deberÃa ocuparse de los chicos, pero una idea cruzó de repente por su cerebro y comprendió que habÃa una manera de satisfacer a Rosa y al mismo tiempo sacar ventaja para sÃ.
—¿Qué me das si te lo cuento todo? —preguntó, repentinamente rojas las mejillas y con una mirada incierta en los ojos, pues no dejaba de sentirse avergonzado.
—¿Qué quieres decir? —y Rosa levantó la vista sorprendida.