Ocho primos
Ocho primos Nadie tenÃa presente la fecha de aquella memorable conversación que dio por consecuencia el experimento del doctor (nadie más que él, por de pronto); de modo que cuando las tÃas fueron invitadas a un té cierto sábado por la tarde, vinieron sin sospechar el objeto y todas estaban enfrascadas en una charla social, cuando de pronto apareció el doctor Alec con dos fotografÃas en la mano.
—¿Se acuerdan? —dijo enseñando una de ellas a la tÃa Clara, que se sentaba más cerca.
—SÃ, claro; es exactamente Rosa cuando vino. Tiene aquella expresión triste, tan poco infantil, y la cara delgada, en que sobresalen los ojos grandes y oscuros.
La fotografÃa pasó de mano en mano y todas convinieron en que era «la Rosa de un año antes». De acuerdo en esto, el doctor enseñó su segundo retrato, que fue contemplando con muestras de gran aprobación, y todas encontraron «un parecido encantador».
Lo habÃa, ciertamente, y además se notaba el vivo contraste con el primer retrato, pues la cara era alegre y llena de espÃritu y salud, sin trazas de melancolÃa, aunque los ojos dulces denotaban reflexión y las lÃneas en torno a los labios delataban un natural sensible.