Ocho primos
Ocho primos —Justo para eso he venido especialmente de Calcuta. Solo que tengo que mandar a las hermanas noticia de mi llegada, pues hasta mañana no me esperan, y habrá escándalo en la iglesia si los muchachos me ven sin aviso previo.
—Mandare a Ben a la montaña, y a casa de Myra puedes ir tú mismo; se alegrará mucho, y tendrás tiempo suficiente.
El doctor Alec salió en un santiamén y no volvieron a verlo hasta que el viejo birlocho estuvo en la puerta, y la tÃa Abundancia bajaba las escaleras, con mucho crujir de faldas almidonadas, vestida con sus ropas dominicales y seguida de Rosa como una sombra.
Emprendieron la marcha muy ceremoniosamente, con gran alegrÃa del tÃo Alec, que durante el camino recibió el saludo cordial de todos cuantos se cruzaban con ellos.
Era evidente que estuvo bien mandar aviso, pues a pesar del tiempo y el lugar, los chicos denotaron tal ebullición que los mayores llegaron a pensar asustados en la inminencia de un desaguisado; aquellos catorce ojos no se apartaron del tÃo Alec, y las cosas que los chicos hicieron durante el sermón son como para no creerlas.