Ocho primos

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—Haré la prueba de comerlo por complacerlo a usted, tío; pero todo el mundo no hace más que decir que es muy sano, y por eso he llegado a odiarlo así —dijo la niña, bastante avergonzada de su excusa banal.

—Deseo que te agrade, porque espero que mi niña sea tan fuerte como los chicos de Jessie, que fueron criados con este sistema excelente, aunque antiguo. Para ellos no hay pan caliente ni cosas fritas, y ya ves lo grandes y forzudos que son. Buenos días, tía, y que Dios la bendiga.

Rosa se dio vuelta para saludar a la anciana y, decidida a comer o morir, se sentó.

A los cinco minutos se había olvidado que era lo que comía, interesada como se sintió de pronto en la conversación promovida. Le hizo gracia escuchar cómo la tía Abundancia llamaba «mi querido chico» al hombretón de cuarenta años; y tan animada era la charla del tío Alec, sobre todos los temas posibles en la creación, y en particular acerca del hormiguero de las tías, que el aborrecido potaje fue ingerido sin un murmullo de protesta.

—Confío, Alec, que vendrás a la iglesia con nosotras, si no estás muy cansado —dijo la anciana, una vez que concluyo el desayuno.


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