Ocho primos

Ocho primos

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Descendió por la cañería del agua al suelo y desapareció entre las madreselvas.

—¿Verdad que es un tutor muy extraño? —comentó Febe al retirarse con las tazas.

—Me ha parecido muy bondadoso —contestó Rosa, siguiéndola para mirar los bultos y tratar de adivinar cuál sería el suyo.

Cuando el tío apareció, la encontró mirando con ansia un plato que humeaba sobre la mesa.

—¿Alguna nueva preocupación, Rosa? —le preguntó, acariciándole la cabeza.

—Tío, ¿está por hacerme comer avena? —preguntó Rosa con expresión trágica.

—¿No te gusta?

—¡La detesto! —contestó Rosa, con todo el énfasis que una nariz arrugada, un encogimiento de hombros y un gruñidito podían dar a sus palabras.

—No eres verdadera escocesa si no te gusta el parritch. Es una lástima, porque lo hice yo mismo y pensé que te encantarías con toda esa crema que flota en el plato. Bueno, está bien.

Y al sentarse denoto su desilusión. Rosa había decidido ponerse terca, porque aquello era cosa que detestaba cordialmente; pero como el tío Alec no intento en absoluto convencerla, de pronto cambió de idea y llegó a la conclusión de que haría la prueba.


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