Ocho primos

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—Tengo una taza muy buena entre mis bártulos, y voy a dártela para que en ella bebas la leche, pues está hecha de madera y se asegura que mejora cuanto se le vierte, algo así como una taza de cuasia. Ahora que me acuerdo, uno de los cajones que Febe quiso subir al depósito anoche es para ti. Sabiendo que al venir aquí me encontraría con una hija ya crecida, elegí toda clase de chucherías y curiosidades en el camino, confiando que entre esos objetos encontraría alguno que le gustase. Mañana temprano revolveremos en grande. ¡Aquí está la leche que hemos pedido! Brindo a la salud de a la señorita Rosa Campbell, y brindo de todo corazón.

Rosa no hubiera podido enfurruñarse mientras ante su imaginación danzaba un cajón lleno de obsequios, y a pesar de sí misma, sonrió al beber a su propia salud, descubriendo que la leche fresca no es tan mala de tomar.

—Ahora tengo que marcharme, antes que me sorprendan de nuevo así tan desarrapado —dijo el doctor Alec, preparándose a descender como había subido.

—¿Siempre entra y sale como los gatos, tío? —preguntó Rosa, a quien divertían mucho sus rarezas.

—De niño me acostumbré a saltar de mi ventana sin que nadie lo advirtiera, con el fin de no molestar a las tías; y ahora me gusta, por cuanto es el camino más corto y esto de saltar sin ayuda de aparejos me mantiene más ágil.


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