Ocho primos
Ocho primos —SÃ, señor, y me gusta. La tÃa dice que me entona y siempre me siento mejor después de tomarlo.
—Esto explica las noches de insomnio, las trepidaciones de tu corazón apenas te sobresaltas y ese color amarillo pálido de tus mejillas, que deberÃan ser rosadas. Basta de café para ti; querida, y con el tiempo me darás tú misma la razón. ¿Hay leche fresca abajo, Febe?
—SÃ, señor, mucha; traÃda ahora mismo.
—Ésa es la bebida que necesita mi paciente. Ve a traerle un jarro, y otra taza. Quiero un poco yo también. Este café no les hará mal a las madreselvas, porque no tienen nervios dignos de tal nombre.
Y, con gran desconsuelo de Rosa, el café siguió el camino de las medicinas.
El doctor Alec observó la expresión de Rosa, pero no le prestó atención ninguna, y al instante la combatió diciendo: