Ocho primos
Ocho primos Algo hubo en la cara del tío Alec que llegó al corazón de Rosa, y cuando alargó una mano con aquella expresión turbada y anhelante en sus ojos, ella impulsivamente elevó sus labios inocentes y selló el contrato con un beso de esperanza. El brazo recio la retuvo un breve instante, y Rosa advirtió que el pecho fuerte se hinchaba como en un gran suspiro de alivio; pero ninguno de los dos pronunció una sola palabra, hasta que oyeron llamar a la puerta.
Rosa metió la cabeza por la ventana para decir «Entre», mientras el doctor Alec se pasaba la manga de la chaqueta por los ojos y volvía a silbar.
Era Febe, trayendo una taza de café.
—Debby me dijo que te trajera esto y te hiciese, levantar —dijo, abriendo mucho sus ojos negros, como preguntándose qué demonios hacía allí aquel «marinero».
—Estoy vestida, así que no necesito ayuda —dijo Rosa, mirando ansiosa la taza humeante—. Confío que esté bueno y fuerte.
Pero no llegó a tomarla, pues una mano morena y fuerte la asió, y a4 mismo tiempo dijo la voz de su tío:
—Espera, criatura, y deja que tire esa poción antes que te arrepientas. Es posible que ingieras ese café fuerte todas las mañanas, Rosa.