Ocho primos
Ocho primos Dijo estas últimas palabras titubeando y tartamudeando, y el doctor Alec dirigió la mirada al mar lejano, mientras decía con tanta ternura y tanta seriedad que la niña grabó en su cerebro todas las palabras y las recordó durante largo tiempo:
—Sobrina mía, no he creído que me querrías ni confiarías en mí de buenas a primeras, pero créeme si te digo que pondré mi corazón todo entero en esta nueva misión; y si cometo errores, cosa que sin duda ocurrirá, ninguno sufrirá más que yo. Es culpa mía si soy extraño para ti, cuando en realidad deseo ser tu mejor amigo. Éste es uno de mis errores, del cual nunca me arrepentí tanto como ahora me arrepiento. Tu padre y yo tuvimos un encuentro cierta vez, y como creí que no lo perdonaría nunca, me mantuve alejado varios años. Gracias a Dios, aclaramos las cosas por completo la última vez que nos vimos, y me dijo entonces que si se separaba de su querida hijita, la confiaba a mis manos como prueba de su amor. No puedo llenar el vacío, pero procuraré ser un padre para ella; y si la niña aprende a quererme la mitad de lo que quiso a aquel hombre bueno que perdió, me sentiré orgulloso y muy feliz. ¿Creerá esto y hará la prueba?