Ocho primos

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—Debe estar mal, por supuesto, pero a veces desearía no tener tantas tías. Son todas muy buenas conmigo, y deseo complacerlas; pero son tan distintas, que creo que me despedazo al intentarlo.

Rosa quería decir que se sentía como un pollito, en cuyo torno cacarean seis gallinas al mismo tiempo.

El tío Alec echó atrás la cabeza y rió como un chiquillo, pues entendía perfectamente cómo las buenas señoras metían cada una su genio respectivo, deseosa de conducirla por su camino, sin lograr otra cosa que agitar las aguas y anonadar a la pobre Rosa.

—Tengo el propósito de ofrecerte ahora un plato de tío para ver si con ello se mejora tu constitución. Seré el único que se preocupe de tu salud y no habrán consejos de nadie a menos que yo los pida. Es la única manera de que a bordo impere el orden, y de este bajel he de ser el capitán, cuando menos por ahora. ¿Qué más?

Pero Rosa quedó pensativa y enrojeció tanto que su tío adivinó lo que estaba pensando.

—Esto otro no creo que puedo contárselo. Sería falta de educación, y tengo la certeza de que no será un pesar de ahora en adelante.


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