Ocho primos

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Alargando el brazo, el doctor Alce fue alineando las botellas en el marco de la ventana, delante suyo, y las examinó con atención una por una, sonriendo en algunos casos y frunciendo el ceño en otros, hasta decir, cuando volvió a dejar la última —Ahora te enseñare cuál es la mejor manera de tomar estos potingues.

Con la rapidez del rayo, las tiró todas al jardín.

—La tía Abundancia se va a enojar y la tía Myra también, pues la mayoría fueron enviadas por ella —gritó Rosa, muerta de miedo, aun cuando al mismo tiempo se alegraba de que el tío fuese tan expeditivo.

—Tú eres ahora mi paciente y el responsable soy yo. Mi manera de administrar remedios es evidente mente la mejor, pues ya te veo de mejor aspecto —dijo, riendo con una risa tan contagiosa, que Rosa no pudo contenerse.

—Si sus medicinas no me gustan más de lo que me gustaron esas, las tirare al jardín; y en ese caso, ¿qué hará usted?

—Cuando yo recete esas porquerías, te autorizo a que las eches donde quieras y en cuanto quieras. ¿Qué más te sientes?

—Confié que se olvidaría de preguntarme.

—¿Que ayuda quieres que te preste, si tú no me cuentas? Vamos: dolor número tres…


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