Ocho primos

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—Me siento muy cansada siempre, a causa de no poder hacer nunca lo que quiero, y eso me hace enojar —dijo Rosa, frotándose la cabeza dolorida como un chico asustado—. La tía Myra dice que tengo una constitución pobre y nunca seré fuerte —continuó Rosa cavilosamente, como si esa clase de defectos fuera algo agradable.

—La tía Myra es…. una mujer excelente, pero se desvive por creer que todo el mundo anda caminando al borde de la fosa, y da la impresión de que se ofende cuando la gente no cae dentro. Ya le enseñaremos a fabricar constituciones fuertes y a convertir en chicas sonrosadas y sanas los espectros paliduchos. Esa es mi misión, ¿sabes? —añadió más sereno, pues su primera repentina explosión había desconcertado un poco a Rosa.

—Olvidaba que usted es medico. Me alegro, porque quiero estar bien, aunque confío que usted no me mande muchas medicinas, porque ya he tomado varios frascos y no me hacen nada.

Al hablar, Rosa señaló una mesita que se hallaba delante de la ventana, y en la cual se veía un regimiento de botellas.

—¡Ah, ja! Ahora averiguaremos que proyectos siniestros han tenido estas mujeres.


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