Ocho primos
Ocho primos —Porque le conté mis penas, y al preguntarle si ella tenÃa, me dijo: «No, salvo el no haber ido a la escuela; pero confÃo en que algún dÃa iré».
—¿No le parece que el abandono, la pobreza y el trabajo intenso, son penas? Es una chica valiente, y me encantará conocerla.
El tÃo Alec confirmó su aserto con una inclinación de cabeza y Rosa lamentó no ser ella quien motivase aquella aprobación.
—Pero, ¿cuáles son tus pesares, criatura? —preguntó, después de una pausa breve.
—Por favor, tÃo, no me lo pregunte.
—¿No puedes contarme a mà lo que le dijiste a Febe?
En su tono hubo algo que convenció a Rosa de que mejor serÃa hablar sin rodeos y concluir aquello, visto lo cual contestó, con ojos inquietos y mejillas repentinamente coloreadas:
—El mayor de todos fue perder a papá.
Cuando dijo eso, el brazo del tÃo Alec la estrechó con dulzura, apretándola contra sÃ, mientras decÃa con una voz que era muy parecida a la del padre:
—Ése es un dolor, querida mÃa, que no podré curarte, aunque me esforzare por procurar que lo sientas menos. ¿Qué más?