Ocho primos

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Concluído el servicio religioso, el doctor Alec llegó al pórtico lo más pronto que pudo, y allí los oseznos se abrazaron y gritaron, mientras las hermanas se daban las manos, saludándose con rostros alegres y corazones animosos. Rosa estuvo a punto de ser aplastada detrás de una puerta en el peligroso pasadizo desde el banquillo al pórtico, pero el tío Alec la salvó a tiempo y la puso a buen recaudo en el coche.

—Ahora, chicas —dijo—, quiero que todas vengan a comer con Alec, y Mac también, por supuesto. Pero no puedo invitar a los chicos, pues no esperábamos a este buen hombre hasta mañana, como ustedes saben, y no he hecho preparativos. Manden los muchachos a casa, y que esperen hasta el lunes, porque debo confesar que me ha dejado sorprendida su comportamiento en la iglesia —dijo la tía Abundancia, que subió al carruaje detrás de Rosa.

En cualquier otro lugar los chicos habrían expresado su decepción mediante aullidos; pero se contentaron con gruñir y protestar por lo bajo, hasta que el doctor Alec dio el asunto por concluído, diciendo:

—No se aflijan, muchachos; mañana me pondré al día con ustedes, y ahora se van sin hacer escándalo; de lo contrario, de mis bultos no saldrá ni un solo regalo para ustedes.


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