Ocho primos
Ocho primos Rosa conocía el romance triste de su vida, el cual impartía un cierto encanto singular a esta tía suya, a quien ya amaba. Cuando Paz tenía veinte años de edad, estuvo por casarse; se hicieron todos los preparativos y el vestido de novia estuvo confeccionado; las flores esperaban que la novia se las pusiese y poco faltaba para la hora venturosa, cuando se recibió noticia de que el novio acababa de morir. Llegaron a temer que la buena de Paz muriera también; pero ella soportó su aflicción con entereza, guardó las galas de novia, reinició la vida como si hubiese vuelto a nacer, y siguió viviendo, hasta convertirse en aquella mujer humilde, de cabello tan blanco como la nieve y mejillas que jamás tenían color. No vestía de negro, sino colores suaves y pálidos, cual si estuviese esperando siempre el casamiento que no llegaría.
Treinta años siguió viviendo, marchitándose lentamente, pero animosa, ocupada, e interesándose mucho en todo cuanto pasaba en la casa; y en especial los gozos y pesares de las chicas que crecían en torno suyo, siendo para ellas confidente, consejera y amiga en todos sus momentos de penuria y de alegría. Una solterona realmente bella, con su cabello plateado, su rostro sereno, y aquella atmósfera de reposo que embalsamaba a cuantos se le acercaban.