Ocho primos

Ocho primos

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La tía Abundancia era muy distinta; mujer corpulenta, inquieta, de vista penetrante, lengua incansable y cara como una manzana de invierno, jamás descansaba, siempre corriendo de un lado a otro, charlando y removiéndolo todo. Era una Marta verdadera, abrumada con los cuidados mundanos y dichosa entre ellos.

Rosa se sintió a gusto, y mientras leía salmos a la tía Paz las otras damas charlaban de ella con la mayor franqueza del mundo.

—Bueno, Alec, ¿que nos cuentas de tu pupila? —preguntó la tía Juana, cuando se sentaron y el tío Mac buscaba un rinconcito en que dormir a gusto.

—Me gustaría más si hubiese podido comenzar en el comienzo y partir de una base firme. La vida del pobre Jorge fue tan solitaria que la chica ha sufrido de muchas maneras y desde su muerte ha ido de mal en peor, a juzgar por el estado en que la encuentro.

—Mi querido pariente, hicimos lo que nos pareció mejor mientras esperábamos que concluyeras tus asuntos y volvieses aquí. Siempre le dije a Jorge que hacía mal en criarla como lo estaba haciendo, y ahora nos vemos con esta pobre criatura en nuestras manos. Por mi parte, confieso que lo que debo hacer con ella lo se exactamente igual que si se tratase de uno de esos pájaros forasteros y desconocidos que traías a casa cuando venías de otras tierras.


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