Ocho primos

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Y al decir esto, la —tía Abundancia sacudió la cabeza, denotando su perplejidad y enmarañando los lazos tiesos que sobresalían de su gorro como capullos de quitameriendas.

—Si hubieran seguido mi consejo, habría seguido en la excelente escuela donde la puse. Pero nuestra tía creyó mejor sacarla porque ella se quejaba, y desde entonces no ha hecho otra cosa que revolotear en torno de la chica el día entero, perdiendo el tiempo lastimosamente. Un estado de cosas en extremo ruinoso para una chica mimada y caprichosa como Rosa —dijo con severidad la señora Juana.

—Jamás había perdonado a las viejecitas por ceder al patetico pedido de Rosa, cuando imploró que la dejasen esperar la llegada de su tutor antes de empezar otro año en la escuela, la cual no era más que un semillero de vicios, ya que de ella habían salido muchas chicas malísimamente educadas.

—Yo nunca consideré que fuese lugar indicado para una niña de buena posición, heredera de una fortuna, como es Rosa en realidad. Está muy bien para las muchachas que tienen que ganarse la vida enseñando, y en otros casos parecidos; pero todo lo que necesita es uno o dos años de escuela de educación social, para que a los dieciocho pueda desenvolverse entre la gente —opinó la tía Clara, que en su juventud había sido una belleza y aún seguía siendo hermosa.


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