Ocho primos
Ocho primos —¡Cielos! ¡Cielos! ¡Qué ciegas están todas, discutiendo planes para el futuro, cuando esa chica está predestinada fatalmente a la tumba! —exclamó suspirando la tÃa Myra, con un mohÃn lúgubre, sacudiendo su bonete funerario, que se negó a quitarse en virtud de estar atacada de catarro crónico.
—Pues bien, mi opinión es que lo único que necesita esta chica es libertad —dijo la tÃa Jessie, a cuyos ojos asomaban las lágrimas al pensar que sus niños pudieran quedar librados a cuidado ajeno, como en el caso de Rosa—. Necesita también descanso y atenciones. Tiene algo en la mirada que me parte el corazón, pues demuestra que siente la necesidad de una cosa que ninguno de nosotros podemos proporcionarle… necesita una madre.
El tÃo Alec, que estaba escuchando en silencio, se volvió hacia la última hermana y dijo, corroborando sus palabras con una decidida inclinación de cabeza:
—Tú has dado en el clavo, Jessie; y si me ayudas, tengo esperanza de que la chica olvidará que es huérfana de padre y madre.
—Hare todo lo posible, Alec; y creo que vas a necesitarme, pues por mucho que seas inteligente, no puedes entender el fondo de una criatura tierna y tÃmida como puede entenderlo una mujer.
La sonrisa que Jessie dedicó a Alec encerraba mucho de dulzura maternal.