Ocho primos

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—Por ahora esto vendrá bien —dijo, mientras sacudía el almohadón y limpiaba el polvo de la taza—.

No es buena idea de empezar demasiado enérgicamente, porque Rosa puede asustarse. Tengo que ir engatusándola con suavidad y halagos, hasta que haya ganado su confianza, y entonces estará lista para todo.

En aquel preciso instante Febe salió del comedor con una fuente de pan negro, pues no permitían a Rosa comer bizcochos calientes con el té.

—Te libraré de una parte —dijo el doctor Alce, sirviéndose una buena ración y se encamino al estudio, dejando a Febe sorprendida de su apetito.

Más se habría sorprendido si lo hubiese visto haciendo con aquel pan pequeñas píldoras que guardo en una atrayente cajita de marfil, de la cual extrajo trocitos de apio silvestre.

—Bueno, si insisten en que mande medicinas, recetare esto, y así no causare daño ninguno. Haré mi deseo, pero cuidando que haya paz, si es posible, y una vez que el experimento haya dado resultado, confesaré la broma.

Diciendo estas palabras, salió con el aire de un chico que piensa travesuras, llevando consigo sus inocentes remedios.


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