Ocho primos
Ocho primos —Me alegra que estos rizos sean naturales —dijo la tÃa Clara, inclinando la cabeza para ver mejor—. Con el tiempo tendrán un valor incalculable.
—Ahora que el tÃo ha venido, no te pido que repases las lecciones del año pasado. Sospecho que tendrás que dedicar todo el tiempo a frÃvolos deportes —añadió la tÃa Juana, saliendo del cuarto con aire de mártir.
La tÃa Jessie no dijo ni una palabra, concretándose a besar a su sobrinita con expresión de tierna simpatÃa que dio motivo a que Rosa se aferrase a ella durante un minuto, y la siguiera con ojos que expresaban gratitud cuando cerró la puerta tras de sÃ.
Una vez que todos desaparecieron, el doctor Alce recorrió a grandes pasos el vestÃbulo durante una hora, a la luz vacilante del crepúsculo, tan concentrado en sus pensamientos que a veces fruncÃa el ceño y más de una vez penetró en el estudio oscuro y permaneció inmóvil. De pronto dijo en voz alta, como si acabara de tomar una determinación:
—Lo mejor será empezar en seguida y dar a la chica algo nuevo en que pensar, pues los recelos de Myra y las conferencias de Juana la van a dejar más mustia que una pasa.
Revolviendo en uno de los baúles del rincón, extrajo un almohadón de seda con preciosos bordados y una hermosa taza de madera oscura tallada.