Ocho primos

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—Estoy muy tranquila —dijo la tía Clara—, pues tengo la certeza de que Alec mejorará la salud de la niña; y cuando haya concluído su año de cuidados, estará a tiempo de ir a la escuela de Madame Roccabella y completar su educación —y mientras pronunció las últimas palabras, la anciana se arregló los rizos y pensó, con lánguida satisfacción, en la alegría de ver a su sobrina convertida en toda una señorita.

—Presumo que —te quedarás aquí, a menos que se te de por casarte, y por cierto que sería hora —opinó la tía Juana, muy ofendida por la última pulla de su hermano.

—No, gracias. Vamos a fumar un cigarro, Mae —dijo el doctor Alec con brusquedad.

—No te cases; tenemos bastantes mujeres en la familia —musitó el tío Mac, y los dos hombres desaparecieron prestamente.

—La tía Paz quisiera verlas a todas —dijo de pronto Rosa, portadora de este mensaje, sin darles tiempo a reanudar la conversación.

—¡Oh! ¡Oh! ¡Válgame el cielo! —murmuró la tía Myra, y la sombra siniestra de su gorro cayó sobre Rosa, al tiempo que las puntas de un guante negro le rozaron las mejillas, encendidas de color ante el asedio de tantas miradas.


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