Ocho primos

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—¡Dios mío, Myra, tú eres capaz de agotar la paciencia de un santo! —exclamó el doctor Alec con ojos que lanzaban chispas—. Con tus cacareos vas a asustar a esa chica, porque es una criatura impresionable y su imaginación le pintará horrores inenarrables. Ya le has metido en la cabeza que su constitución es débil y parece haberse aficionado a la idea. Si no hubiera sido bastante fuerte, habría bordeado la tumba a estas horas, con todo lo que tú le has machacado los sentidos. No acepto intromisiones; quiero que lo entiendas bien. De modo que te desentiendes de ella y me dejas que siga hasta que necesite ayuda, que ya entonces te llamaré.

—¡Óiganlo, óiganlo! —dijo desde su rincón el tío Mac, al parecer dormido por completo.

—Te han designado tutor, de modo que no podemos decir nada —expresó a su vez Juana con huraño gesto—; pero estoy por asegurarte que vas a echar a perder a la chica por completo.

—Gracias, hermana; pero sospecho que si una mujer puede criar dos hijos con tanta perfección como tú has criado a los tuyos, un hombre, dedicándose de lleno, puede hacer otro tanto con una chica —replicó el doctor Alec, cuyas miradas burlonas estuvieron por hacer reír a los demás, pues era bien sabido en la familia que los hijos de Juana. —tenían más mimos que todos los otros juntos.


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