Ocho primos

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—Lo que pasa es que no llenas los pulmones más que a medias, y de ese modo puedes llevar este cinto absurdo sin sentirlo. ¿A quién se le ocurre estrujar una cintura tierna como la tuya con esta tira dura de cuero, precisamente cuando debes estar creciendo? —dijo el doctor Alec, examinando el cinturón con muestras de desaprobación intensa y corriendo la hebilla varios agujeros más, con gran desazón de Rosa, que tenía a mucho orgullo su figurita esbelta y todos los días se regocijaba íntimamente de no ser tan robusta como Luly Miller, una compañera de clase, que en vano procuraba reprimir su gordura.

—Se va a caer si lo dejo así de suelto —dijo con ansiedad mientras contemplaba la operación que su tío estaba llevando a cabo.

—No se caerá si respiras hondo. Y eso es lo que quiero que hagas. Cuando hayas logrado llenarlo, seguiremos agrandándolo hasta que tu cintura se parezca mucho a la de Hebe, la diosa de la salud y no recuerde tanto los figurines de modas, que son lo más abominable que se puede imaginar.

—¡Qué cosa extraña! —exclamó Rosa mirando el cinturón que le rodeaba el cuerpo sin sujetarlo—. Se va a perder, y voy a sentirme afligidísima, porque costó mucho y es acero verdadero y cuero de Rusia legítimo. Fíjese, tío, que bien huele.


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