Ocho primos

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Ansiosa por complacerlo, corrió en torno a los canteros y volvió al porche donde el tío estaba de pie, echándose sobre los escalones jadeante, con las mejillas tan sonrosadas como la caperuza que le caía sobre los hombros.

—Muy bien hecho, hija mía; veo que no has perdido la facultad de usar las piernas. Ese cinturón está muy apretado; aflójalo, y después podrás respirar hondo sin jadear de ese modo.

—No está apretado, tío, y respiro bien —empezó a decir Rosa, tratando de serenarse.

Por toda contestación, el tío Alec la puso de pie y le desabrochó el cinturón de que tan orgullosa estaba la niña. Apenas abierto el broche, la correa se corrió varias pulgadas, pues no hubo manera de reprimir el involuntario suspiro de alivio que contradecía rotundamente sus palabras.

—¡Hola! ¡Ignoraba que estuviese apretado! No lo sentía en absoluto. Claro que tenía que ceder respirando de este modo, pero casi nunca corro.



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