Ocho primos

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—El ofrecimiento es bueno, señora. Me quedo, y este es mi anclote, lo cual quiere decir que van a tener que soportarme más de lo que deseaban.

—Eso es imposible. Ponte la chaqueta, Rosa. No la canses con tus rarezas, Alec. Ya voy, hermana —y el repollo desapareció de repente.

La primera lección de «ordeñamiento» fue bastante chusca, pero después de unos cuantos arañazos y muchos intentos frustrados, Rosa pudo por fin llenar su taza, mientras que Ben sostenía el rabo de Trébol para que no lo sacudiera y el doctor Alec hacía de forma que no se volviera a mirar a la nueva ordeñadora.

—Tienes un poco de frío —dijo el doctor en el momento en que salían del galpón—. Corre un rato por el jardín, así entrarás en calor.

—Tengo mucha edad para andar corriendo, tío; la señorita Power dice que las niñas como yo no deben correr.

—Voy a tomarme la libertad de contrariar a la señorita Power y en mi condición de médico tuyo, te ordeno que corras. ¡Vamos! —dijo el tío Alec, acompañando sus palabras con una mirada y un ademán que hizo a Rosa salir todo lo aprisa que sus piernas podían llevarla.


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