Ocho primos

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CAPÍTULO 5

UN CINTURÓN Y UN CAJÓN

Cuando Rosa salió de su dormitorio la mañana siguiente, con la taza en la mano, la primera persona con quien tropezó fue el tío Alec, de pie en el umbral del cuarto de enfrente, que parecía examinar con mucha atención. Al oír pasos, se dio vuelta y se puso a cantar:

—¿Dónde va mi preciosa doncella?.

—«Quiero ir a ordeñar la vaquita» —le contesto Rosa, moviendo la taza en la mano; y juntos concluyeron el canto.

Antes de que hablase ninguno de ambos, apareció por el extremo del corredor una cabeza tocada con cofia tan grande y con tantos moños que parecía un repollo, y una voz exclamó asombrada:

—¿Que andáis haciendo tan temprano?

—Preparándonos para el día —contestó Alec, haciendo un saludo de marinero—. ¿Puedo posesionarme de este cuarto?

—De todos los que quieras, excepto el de mi hermana.

—Gracias. ¿Y me permiten que trastee en las bohardillas y los cuartuchos que vea por ahí, para arreglarlos como quiera?

—Puedes dar vuelta la casa entera, con tal que no salgas de ella.


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