Ocho primos
Ocho primos El doctor Alec, entretanto, había aprovechado bien la autorización conferida por la tía Abundancia revolviendo la casa de arriba abajo. Era evidente que en el cuarto en que estaba encerrado tenía lugar una verdadera revolución, pues las cortinas de damasco oscuro eran transportadas en fardos por Febe y el imponente cabezal de la cama era conducido al desván en pedazos, con la colaboración de tres personas. La tía Abundancia iba de un lado a otro por los cuartos de deposito, revolviendo muebles y dando la impresión de que el nuevo orden la divertía y la intrigaba a un mismo tiempo.
La mitad de las cosas raras que hacía el doctor Alec no pueden revelarse; pero cuando Rosa levanto la mirada desde el cajón, lo vio recorriendo la habitación a largos pasos, con una caja de bambú y una o dos alfombrillas en la mano y luego transportando sobre la cabeza una bañera.
—¡Qué extraño va a resultar ese cuarto! —se dijo, al sentarse a descansar un rato, con unos cuantos «Bocados de Ambrosía», traídos de El Cairo.
—Presumo que te va a gustar, querida —le dijo la tía Paz, que estaba atareada con unas cositas de seda azul y muselina blanca.
Rosa no sonrió, pues en aquel preciso instante se detuvo el tío en la puerta; la niña se puso en pie delante suyo con toda la alegría infantil de que era capaz reflejada en el rostro.