Ocho primos

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—Míreme, míreme —dijo—. Estoy tan espléndida que ni me reconozco, Se que no me he puesto bien estas cosas, pero me gustan muchísimo.

—Te veo tan alegre como unas pascuas con ese fez y esa cabaja, y me alegra el alma observar que la sombrita oscura se ha transformado en un arco—iris.

Mientras decía esto, el tío Alec la miraba con muestras de regocijada aprobación.

No lo dijo, pero pensó que formaba una figura mucho más hermosa que la de Febe en la cuba de lavar, pues se había puesto un fez purpúreo en su cabeza rubia, se había atado unos cuantos chales de brillantes colores en la cintura y llevaba una chaquetilla de hermoso tono escarlata con un sol bordado en la espalda y una luna plateada en el frente y las mangas llenas de estrellas. Adornaban sus pies un par de babuchas turcas y se había puesto en el cuello varios collares de ámbar, coral y filigrana, mientras que en una mano llevaba una botella de sales y en la otra la caja de golosinas orientales.

—Se me ocurre que soy talmente una heroína de «Las mil y una noches», a la espera de una alfombra mágica o un admirable talismán. Solo que no sé como podre agradecerle nunca todas estas cosas encantadoras —dijo, dejando de hacer monadas, como si de pronto la oprimiese tanta gratitud.


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