Ocho primos
Ocho primos —Yo te lo diré. Quitándote las ropas negras, que una chica como tú no debió llevar tanto tiempo, y adoptando esas más alegres que yo te he traÃdo. Además de alegrarte, con eso pondrás una nota brillante en esta casa vieja y sombrÃa. ¿No es verdad, Paz?
—Tienes razón, Alec, y es una suerte que no hayamos empezado a prepararle aún las ropas de primavera, pues Myra pensaba que no deberÃa llevar más que violeta y es demasiado pálida para ese color.
—Basta con que ustedes me dejen indicar a la señorita Hemming como debe hacer algunas de estas cosas. Se sorprenderán cuando vean todo lo que entiendo de ribetes, dobladillos, mangas y otras cosas.
La tÃa Paz y Rosa rieron al pensar que esa jactancia encubrirÃa sin duda su ignorancia en asuntos de costura; pero se contuvieron al oÃrle decir:
—RÃan lo que quieran, pero se que mi arte será necesario para que el cinturón no le baile en el cuerpo; y me voy a seguir el trabajo, porque de lo contrario llevo miras de no concluir nunca.
—Nos reÃamos porque oÃrlo hablar de esas cosas nos resultaba raro —explico Rosa, volviéndose hacia su cajón—. Pero en realidad, tÃa —continuo ya sin reÃr—, estoy por pensar que tengo demasiados regalos. ¿Que le parece si le diese algo a Febe? Tal vez al tÃo no le guste.