Ocho primos
Ocho primos —No te dirá nada; pero esas cosas son inadecuadas para Febe. Mejor le vendrÃan algunos vestidos que no uses, si es que pueden arreglársele al cuerpo —opino la tÃa Paz en el tono moderado y prudente que pone tan a prueba nuestros sentimientos cuando nos darnos a los arrebatos de altruismo.
—PreferirÃa darle vestidos nuevos, pues me parece que es un poco orgullosa y es posible que las cosas viejas no le gusten. Si fuera mi hermana lo harÃa, porque las hermanas no se fijan en esas cosas; pero no es nada mÃo y el asunto es más difÃcil. Ya sé cómo puede solucionarse… ¡La adopto!
La expresión de Rosa, encantada con su nueva idea, fue radiante en extremo.
—Sospecho que no puedes hacer tal cosa legalmente hasta que seas mayor, pero podrÃas averiguar si le agrada el proyecto; y de todos modos, puedes ser bondadosa con ella, pues en cierta forma somos todas hermanas y debemos ayudarnos mutuamente.
La cara de la anciana la contemplo con expresión tan beatÃfica, que Rosa sintió impulsos de arreglar el asunto, en el acto, y se encamino corriendo a la cocina, tal como estaba vestida. Febe se hallaba lustrando las viejas parrillas con tal actividad que dio un salto al oÃr una voz que decÃa: «Huele, prueba, mira…».