Ocho primos

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Febe aspiro el olor de las rosas, mordisqueó el «Bocado de Ambrosía» que fue introducido en su boca y miro con ojos muy abiertos a la criatura que daba saltitos retozones.

—¡Madre mía! ¡qué hermosa estás! —fue todo cuanto Febe pudo decir, levantando en alto las manos sucias de tierra.

—Tengo arriba montones de cosas preciosas, y quiero enseñártelas todas. Podemos repartir, solo que mi tía cree que no te servirán de nada, así que no tendré más remedio, que hacerte otro regalo. Si no te parece mal, quisiera adoptarte, como en el cuento adoptaron a Arabella. ¿No sería buena idea?

—¡Oh, niña Rosa! ¿Se ha vuelto loca?

Nada tenía de extraño que Febe hiciera esa pregunta, pues Rosa hablaba muy de prisa, estaba rarísima con aquellas ropas y su misma ansiedad no le permitía detenerse a explicar su idea. Advirtiendo el asombro de Febe se serenó y dijo, muy seriamente:

—No es justo que yo tenga tanto y tú tan poco, y quiero ser tan buena contigo como si fueras mi hermana, pues dice mi tía Paz que en realidad somos hermanas. Pensé que si te adoptara sería mejor. ¿No me dejarías?

Con gran sorpresa de Rosa, Febe se sentó en el piso y durante un instante, sin hablar una sola palabra, se tapó la cara con el delantal.


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