Ocho primos

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—¡Oh, Dios mío! Ahora se ha ofendido y no se que hacer —meditó Rosa, muy desalentada por el recibimiento que acababa de tener su proposición.

—Por favor, perdóname; no quise herir tu susceptibilidad y espero que no pienses… —y se detuvo, pues adivinó que su voz balbuciente no desharía el entuerto.

Pero Febe le deparó otra sorpresa, al dejar caer el delantal y enseñar una cara que era toda sonrisa, a pesar de las lágrimas que asomaban a sus ojos. Luego echó ambos brazos en torno al cuello de Rosa y dijo, entre risa y sollozos:

—Lo que pienso es que eres la niña más adorable de este mundo, y que te permitiré hacer conmigo todo lo que quieras.

—¿Luego te gusta el plan? ¿No lloraste porque me viste demasiado paternal tal vez? No fue esa mi intención, te aseguro —exclamó Rosa, bajo la impresión de su enorme gozo.

—Creo que me gusta —contestó Febe en un arrebato de gratitud irreprimible, pues aquello de que eran hermanas le había llegado al corazón, conmoviendo su ser todo entero—. Lloré porque nadie hasta ahora ha sido tan buena conmigo y no pude evitarlo. En cuanto a que seas conmigo paternal o eso que dices, ya declaré que puedes hacer de mí cuanto se te antoje.


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