Ocho primos

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—Pues bien, entonces podernos hacer de cuenta que soy un espíritu bueno salido del cajón, o un hada que acaba de bajar por la chimenea y tú, como eres Cenicienta, debes decir que es lo que quieres —dijo Rosa, esforzándose por formular la pregunta con delicadeza.

Febe entendió bien, pues poseía mucho refinamiento natural aunque provenía del asilo.

—Tengo la sensación de que ahora no deseo nada, niña Rosa, pero liare lo posible para demostrarte que te estoy agradecida por todo —y se limpió una lágrima que le resbalaba por la nariz, muy antirrománticamente.

—No he hecho nada más que darte un pedazo de dulce. Toma, toma más, y cómelo mientras trabajas, así piensas al mismo tiempo que es lo que yo puedo hacer. Tengo que ir a arreglarme un poco, de modo que adiós; y no olvides que te he adoptado.

—Me ha dado cosas más dulces que esos caramelos, y te aseguro que no lo voy a olvidar —dijo Febe limpiando cuidadosamente el polvo de ladrillos, para estrechar una mano de Rosa entre las suyas; y luego los ojos negros siguieron a la visitante con una expresión de gratitud que les impartía un brillo y una dulzura extrañas.


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