Eugenio Oneguin
Eugenio Oneguin Traen el té, y, en el momento en que cuidosamente recogen los platos, resuenan en la sala contigua la flauta y el fagot. Gratamente sorprendido por la música, Petuchkof, el Paris de la comarca, deja su taza de té con ron para acercarse a Olga; Lenski se dirige a Tania; mi compositor de Tambov saca a la eterna novia de Jarlikoff: Buyanoff se ha apoderado de Pustakova, y juntos ya giran por el salón, en donde todos se precipitan. El baile está en pleno apogeo.
Al principio de mi novela (mirad mi primer capítulo) yo había querido describir un baile de Petersburgo, al ejemplo de los de Albane[39]; pero, distraído por sueños vacíos, me entretuve con el recuerdo de las piernas de las damas que conozco. ¡Oh piernecitas! ¡Por vuestras sutiles huellas no es difícil extraviarse! Con el fin de mi juventud, que fue traicionada, ya es hora de que me vuelva más inteligente y me perfeccione en los argumentos y en el estilo, de que limpie este quinto capítulo de todo lo superfluo.