Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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Variado y extravagante, como el torbellino de la vida joven, resuena el vals sonoro. Las parejas giran un tras otra. Onieguin ríe para sí, se aproxima a Olga —llegó la hora de la venganza— y empieza a dar vueltas con ella junto a los invitados; luego la sienta en una silla y se pone a hablarle de diversos temas. Dos minutos después vuelve a bailar el vals con ella. Todos se quedan pasmados; el propio Lenski no da crédito a sus ojos.

En este momento tocan una mazurca. Antes, cuando el son de la mazurca retumbaba en la enorme sala, todo temblaba; el parquet crujía bajo los tacones, y los cristales de las ventanas trepidaban. Ahora es distinto: nosotros nos deslizamos, como las damas, por el suelo encerado. Pero en las ciudades provincianas y en los pueblos la mazurca conserva aún su primitiva belleza; los saltos, los tacones y los bigotes siguen igual, no han sido cambiados por la atrevida moda, tirano de los rusos modernos. Así, pues, los tacones o, mejor dicho, las herraduras de Petuchkoff —oficinista retirado—, arman un ruido espantoso; los tacones de Buyanoff, con su peso, casi rompen el parquet a su alrededor. El estrépito, el crujido, el galopar de los tacones, todo se sucede por turno. Cuanto más penetramos en el bosque, más leña encontramos. Los jóvenes se lanzan al baile con el ardor propio de sus años. ¡Más ligeramente! ¡Si no, vais a pisar los piececitos de las damas!


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