Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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Al quedarse solo, Eugenio se disgustó consigo mismo, y con razón. Llevándose a un severo examen de conciencia, se acusó de mucho. Ante todo, él no tenía ninguna razón para burlarse del amor tímido y tierno con tal crueldad. En segundo lugar, que el poeta haga locuras a los dieciocho años se puede perdonar. Eugenio, que quería al joven con todo su corazón, hubiese tenido que mostrarse no como un chiquillo impulsivo e intrépido, sino como un hombre sensato y de honor. Hubiera debido demostrar sus sentimientos y no erizarse como una fiera; hubiera debido desarmar al joven corazón. Pero ya era tarde; el tiempo volaba. Además, le disgustaba que en este asunto se hubiese mezclado un viejo duelista, perverso, cotillón, elocuente. Claro está que sus palabras no merecían más que desprecio. Pero… ¿y el murmullo, las risas de los tontos, la opinión de la sociedad? El resorte del honor es nuestro ídolo, alrededor del cual gira el mundo.

El poeta, ardiendo de odio, espera impaciente la respuesta en su casa. He aquí al parlanchín vecino, que se la trae solemnemente. Ahora la alegría inunda al celoso. Él temía que su contrario le eludiera de cualquier forma e, inventando algún ardid, desviara el pecho de la pistola. Ahora sus dudas están resueltas: al día siguiente, antes del amanecer, tienen que estar en el molino para armar la pistola y apuntarse el uno al otro en la pierna, en la cadera o en la sien.


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