Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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Según dije, mi Zaretski, al fin resguardado de las tempestades bajo la sombra de las acacias y de los cerezos silvestres, vivo como un verdadero filósofo, planta repollos igual que Horacio, cría patos, gansos y enseña el alfabeto a los niños. NO era tonto, y a Eugenio, aunque no compartiera sus sentimientos, le agradaba la gracia de sus juiciosas opiniones sobre esto y aquello. Le visitaba a veces con verdadero placer; por eso a la mañana siguiente no se extrañó en absoluto al verle. Zaretski, después de los primeros saludos, interrumpiendo la conversación, le entregó un mensaje del poeta. Onieguin se acercó a la ventana y lo leyó para sí. Aquello era una correcta, noble y corta provocación o cartel de desafío.

Cortésmente, con fría claridad, Lenski emplazaba a duelo a su amigo. El primer impulso de Onieguin fue volverse hacia el embajador de tal misión y decirle sin rodeos que estaba dispuesto a batirse. Zaretski se levantó sin otra explicación; no quería quedarse más porque tenía mucho que hacer en casa, y acto seguido se fue.





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