Eugenio Oneguin

Eugenio Oneguin

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Antaño, la voz lisonjera de la sociedad halagaba en él una perversa audacia; la verdad es que a cinco sagenie[41] apuntaba un as y daba en el blanco. Para deciros aún más, una vez, en una batalla, de todo punto ebrio, se distinguió dejándose caer valientemente de su caballo kalmulko en el barro, con lo cual fue hecho prisionero por los franceses. ¡Valeroso rehén! Un nuevo Régulo, dios del honor, dispuesto siempre a entregarse a las cadenas para vaciar todas las mañanas tres botellas a crédito.

Por aquel entonces bromeaba con gracia, sabía burlarse del tonto y tomar el pelo al listo, abiertamente o con insinuaciones, aunque algunas veces esto no pasara sin castigo para él y cayera en la trampa como un pobre infeliz. Sabía discutir alegremente, contestar con terquedad e ingenio. Sabía, a sangre fría, hacer regañar a dos amigos para que se provocasen en duelo, y también conocía el arte de reconciliarlos, para almorzar después con ellos y deshonrarlos a los dos con bromas y mentiras. ¡Sed alia tempora! Ha logrado su propósito; otra travesura, como un sueño de amor, que pasa con viveza juvenil.





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